inicio,  Reseñas

Críticas intensitas: «El nadador» ( 1968 ), sobre piscinas y el sentido de la vida

En Cazarreyes no paramos y vamos a estrenar este mes una nueva y flamante sección de críticas de cine. Como aquí pasamos del clickbait y de hacernos populares en general, en vez de dedicarnos a analizar el último blockbuster de turno o la última de superhéroes de Marvel, pues vamos a centrarnos en pelis como las de antes (es decir las de antes, cine viejuno), no convencionales y poco conocidas por el gran público (es decir rarunas o “de culto” si nos queremos dar pisto), resumiendo, pelis de estas que cuando eras adolescente y pasaban tus padres por el televisor te preguntaban entre asombrados y un pelín preocupados “¿pero niño/a, ¿tú qué estás viendo?”. En Cazarreyes, somos así, hemos venido a jugar. Así que allá vamos con nuestra primera propuesta, que se trata nada más y nada menos que de “El nadador”.

“El nadador” es una película poco conocida incluso entre los cinéfilos, pues no es un título que haya alcanzado completamente el status de culto. Los más talluditos a lo mejor la vieron cuando la emitieron “antedayé” por TVE y puede ser que la recuerden si les digo que Burt Lancaster sólo lleva un bañador todo el rato porque tiene la ocurrencia de llegar hasta su casa nadando por todas las piscinas de su lujosa urbanización hasta llegar a su casa (me encanta esa forma de resumir las pelis. Así, por ejemplo, “La leyenda del indomable” sería “en la que Paul Newman se come un montón de huevos”).

Entrando ya en materia y poniéndonos en contexto: los años 60 fueron muy especiales, para todo el mundo en general y también para el cine, Hollywood andaba un poco como pollo sin cabeza, sin lograr conectar con un público que prefería el cine europeo y que pasaba de sus grandes y acartonadas superproducciones, en especial de los musicales. Es la primera y la única vez en la que a Hollywood le comieron la tostá, luego ya en los 70 aprendería la lección atrayendo a un puñado de chavales que habían aprendido a rodar con cuatro duros bajo el ala de Roger Corman o trabajando como esclavos para la televisión, que admiraban la Nouvelle Vague francesa y que hacían un cine con más inquietudes. Estamos hablando de Scorsese, Coppola, DePalma, Lucas, Spielberg, etc, pero no adelantemos acontecimientos. Estamos en 1968 y en esa situación de crisis Hollywood toma riesgos y prueba cosas nuevas, gracias a ello existe una película tan original como esta que cuenta con una gran estrella como Burt Lancaster, aunque, todo hay que decirlo, los estudios tampoco daban mano libre para que los directores hicieran lo que quisiesen y este film fue muy maltratado por el estudio, que incluso obligó a rodar de nuevo una escena entera un año después del primer montaje.

A pesar de tener 55 años y no saber nadar bien antes de empezar a rodar la forma física de Burt Lancaster es excelente y borda el papel. Además en un documental sobre el rodaje del film, algunos miembros del reparto aseguran que aportó bastante a la dirección, rehaciendo algunas veces lo que hacía el aún bisoño director Frank Perry, que no volvería a repetir una película tan buena como la que nos ocupa.

¿Y de qué trata “El nadador”? Pues tiene un subtexto filosófico muy importante, más si tenemos en cuenta que se trata de un film sobre piscinas. Lancaster es Ned Merrill, un hombre de mediana edad que se nos presenta al principio como un ganador, triunfador en los negocios, padre de familia y popular entre las féminas. Sin embargo, conforme la historia avance, iremos conociendo más detalles oscuros de su vida, al mismo tiempo que él, que parece haber perdido la memoria. Se trata de un relato metafórico, una especie de actualización de la Odisea o incluso del viaje de Dante al infierno. En cada piscina irá conversando con conocidos, amigos o ex amantes que revelarán aspectos de la sociedad de la época o de su pasado.

No vamos a engañarle, querido lector, es una historia triste sobre la falsedad del sueño americano, las vidas de plástico, el sinsentido del consumismo, la soledad, el éxito y el fracaso. Sin embargo, merece la pena embarcarse en este viaje con este Ulises moderno que vaga como un fantasma a través de la urbanización residencial en busca de su pasado.

En resumen, “El nadador” es una joya olvidada del cine, una película profunda que se abre a diferentes interpretaciones y que invita al espectador a pensar.

 

Un artículo de Juan Jesús Sánchez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *