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Vieja y nueva barbarie. Entrevista a Álvaro Castro sobre El Fascismo y sus fantasmas

En este artículo se reproduce una entrevista mantenida entre el profesor de filosofía Diego Delgado y Álvaro Castro el día 20 de noviembre de 2019. Álvaro forma parte de la redacción de Cazarreyes y es autor de un nuevo libro que lleva por título El Fascismo y sus fantasmas. Cambios y permanencias en la derecha radical (siglos XX-XXI), publicado por la editorial madrileña La Linterna Sorda (www.lalinternasorda.com)

1. En el apartado titulado “Fascismo y Capital” te alejas metodológicamente de la lectura canónica del pensamiento de izquierdas, que consideras ingenua, para aplicar otras herramientas teóricas como las de Gramsci, pues dices que son más apropiadas para resaltar la complejidad del fenómeno fascista. ¿Qué han aportado en tu análisis estas herramientas desarrolladas por él?

Mi recurso al filósofo italiano y dirigente comunista Antonio Gramsci en el primer capítulo del libro se debe a dos motivos que se entrelazan: uno es por su propia visión del fascismo y otro por sus aportaciones a nivel conceptual. Por un lado, escribió una serie de textos en confrontación directa con el fascismo italiano en los momentos de su auge y asalto al poder, los cuales presentan una variedad de matices interesante y son bastante más ricos en capacidad analítica (como también pudieron ser los de L. Trotski o P. Togliatti) que el discurso asentado por la III Internacional a partir de 1935 que redujo el fenómeno a simple “herramienta del gran Capital”. La importancia de Gramsci estriba en que le dio mucha relevancia a los análisis de la superestructura (aspectos culturales, políticos, etc.) como elemento que construye la “hegemonía” de una clase como instrumento ideológico de dominio. Así, podemos entender que ideas como “nación” o “patria” sirven para generar un sentimiento de identidad en el pueblo, les sitúa frente a un enemigo y les ofrece consuelo dentro de un “destino” compartido.

Sin atender a su cultura política, a su dimensión estética, a su carácter de religión de estado, o a las creencias que el fascismo fue capaz de movilizar, su significado seguirá siendo ignorado. El fascismo no fue solamente una herramienta del Capital sino que presentó un proyecto de sociedad. Sobre ello han llamado la atención numerosos historiadores algunos de los cuales también cito en el libro.

2. Para continuar con la estructura teórica de tu libro, ya que hemos hablado antes de la metodología, ¿como plantearías a partir de tus concepciones teóricas la situación en Bolivia y lo que ha pasado en Brasil?

Creo que, sin ser especialista en el asunto latinoamericano, en ninguno de los dos casos se puede entender el ascenso y envalentonamiento de los elementos más reaccionarios, abiertamente racistas y clasistas de esas sociedades sin el fracaso de la izquierda a la hora de conseguir un mayor consenso social y garantizar a determinados grupos sociales unas condiciones de vida… Eso sí, tampoco es posible hacerlo sin tener en cuenta tanto los intereses de las grandes compañías en la explotación de sus recursos (como el caso de las minas de litio de Bolivia) como la capacidad movilizadora de la religión evangélica, pues algunas de sus iglesias tienen un papel determinante en la difusión del racismo hacia los indígenas (caso bolivariano) o hacia la inmigración venezolana o de otros países en el caso brasileño. Esa combinación de ultraliberalismo y fundamentalismo religioso no es nueva y el evangelismo ya ha contribuido de forma decisiva en la toma del poder del populismo de derechas norteamericano en diferentes momentos de su historia.

3. Como filósofo, además, nos ofreces en esta obra un pormenorizado análisis de eso que has llamado como las “Filosofías de la Catástrofe”…

Sí, consideraba interesante poner de algún modo en diálogo las contribuciones más importantes de la historiografía sobre el fascismo y el nacionalismo reaccionario con las reflexiones de filósofas como Hannah Arendt y Simone de Beauvoir, o de sociólogos como T. W. Adorno o Z. Bauman. Ellos situaron cuestiones en otros ángulos, como la reflexión sobre la “banalidad del mal” en el caso de Arendt, de la relación entre la derecha y la verdad en el caso de Beauvoir, el análisis de la personalidad autoritaria en Adorno o la cuestión de colaboracionismo judío con el Holocausto que analizó Bauman. Creo que era una forma de enriquecer un libro en principio de historia. Además, me sirvo de otras aportaciones de la filosofía, como los trabajos sobre biopolítica de Francisco Vázquez o Salvador Cayuela, para analizar esa dimensión en el caso del franquismo. Además de Gramsci y de los nombrados, hay otros filósofos que me han sugerido ideas y se citan a lo largo del libro, como J. Ranciére o E. Laclau.

4. Una vez que hemos hablado de tus herramientas teóricas, pasamos al tema de las nuevas estrategias políticas de la ultraderecha actual. En ese sentido, quiero que nos aclares por qué hablas de “anomalía” en el caso de España y qué consecuencias tiene esto en la presente construcción del radicalismo de derechas español.

Aunque en el libro hable de “anomalía española”, realmente lo hago en un tono más bien irónico, porque pienso que la historia de España en general, y mucho más la de su derecha radical en particular, no se puede entender al margen de un contexto internacional en el que cobra su sentido. España nunca ha sido una excepción en el espacio internacional: no lo fue la dictadura de Primo de Rivera, pues el giro autoritario que depósito en el ejército el protagonismo gubernamental fue global; tampoco lo fue el Franquismo, pues pese a su “supervivencia” tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota de los fascismos, no hay que olvidar que en otros países como Portugal y Grecia también hubo dictaduras, y ya no digamos si nos acordamos de las dictaduras militares latinoamericanas, con las que guardó muchos paralelismos. Tampoco la Transición tuvo mucho de peculiar -y mucho menos de ejemplar, como nos tratan de construir mitológicamente-, pues también otros países como los citados abandonaron entonces los regímenes autoritarios y transitaron hacia la democracia. Y tampoco nuestra democracia, montada sobre una especie de segunda restauración donde dos partidos se han alternado en el poder, ha tenido ningún déficit especial respecto a otras: ¿de verdad que las democracias de Thatcher, Reagan o Andreotti fueron más ejemplares o avanzadas? Aquí no se reconocieron las víctimas del franquismo, ¿pero ha reconocido Francia las víctimas y torturas durante la Guerra de Argelia o Bélgica su cruel pasado colonial?

Dicho eso, es cierto que nuestra ultraderecha tiene rasgos relativamente específicos, como el papel del catolicismo -aunque eso también pasa en Polonia, por ejemplo- y la pervivencia de una nostalgia franquista que le hace de lastre para renovarse en términos del populismo de derechas moderno europeo. El neofranquismo se sintió cómodo en el PP hasta que este estalló en 2013, pero propuestas como las de Vox no parece que signifiquen realmente ninguna novedad más allá de su dimensión “espectacular” y en su capacidad para generar un odio más crudo y directo. Está por ver, pero por ahora no es capaz de movilizar el voto de las capas populares -tampoco lo moviliza la izquierda- como sí hacen otros homólogos internacionales, pues su discurso se dirige a las élites y sectores concretos de la sociedad.

5. En el libro hablas de “fascismo posmoderno” o “posfascismo” y también de “demofascismo” ¿Puedes explicarnos a qué te refieres concretamente con estas acepciones y qué consecuencias entraña?

Gramsci dijo que había que tener en cuenta tanto a los fascistas, que desde una retórica revolucionaria quería conquistar el Estado y construir un régimen totalitario, como a los semi-fascistas, que estaban dentro del sistema parlamentario y que se presentaban como demócratas sin serlo. Décadas después, Adorno también señaló que había que tomarse más en serio a los fascistas dentro de la democracia que a los que se enfrentaban a ella desde fuera, mientas que Pasolini al poco tiempo también llamó la atención sobre un fascismo de nuevo cuño que abrazaba el neoliberalismo y que diferenció del “paleofascismo”, que es como llamó al fascismo clásico del periodo de entreguerras. Por tanto, sirviéndome de una distinción realizada por el historiador E. Traverso, distingo entre ese fascismo antiguo de un “posfascismo” que tiene la forma de partidos de extrema derecha que han aceptado claramente el sistema democrático y el neoliberalismo, por lo que son sustancialmente diferentes de aquellos. Eso sí, cuando llegan al poder, como estamos viendo en los casos de Brasil, Hungría o Polonia, transforman los mecanismos de la gubernamentabilidad constitucional e instituyen formas de democracia autoritaria, iliberal o populista, pues consideran que el apoyo popular es suficiente para legitimar cualquier tipo de política sin necesidad de pasar por los trámites propios de un estado de derecho moderno.

El término “demofascismo” lo tomo, aunque le doy otros usos, de Pedro García Olivo, quien en su ensayo El enigma de la docilidad llamó la atención sobre nuevas formas de autoridad asimiladas psicológicamente que nos convierten en policías de nosotros mismos. En ese sentido, el Estado totalitario se realiza en nuestra cabeza y se expresa en la auto-vigilancia de nuestras conductas: “vuestras cabezas son el sistema”, cantaban Lágrimas y Rabia.

6. No podía faltar Vox. Hablas de “amalgama teórica e ideológica” sin criterio ¿Puedes darnos más detalles?

La realidad política cambia cada hora y lo que afirmé hace unos meses se puede matizar y mucho dado el caso. En su día me leí sus programas electorales intentando hacer encajar el partido en algunas de las líneas actuales de la ultraderecha internacional y me fue realmente difícil. Si por un lado había señales hacia Orbán y el grupo de Visegrado, por otro parecía evidente la influencia neocon norteamericana -como sucedió en la etapa Aznar del PP-. Es un partido poco populista, porque ignora el antagonismo constitutivo de la sociedad que defiende esa estrategia política y habla de cumplir fielmente la Constitución por encima de la voluntad de los españoles, pero por otro trata de sacudir las emociones de ciertos sectores de la sociedad en su lucha por defender la tauromaquia o la caza. Es decir, presentan una mezcolanza de lo más característico del neofranquismo nacional-católico -en su discurso provida, por ejemplo-, con ciertos elementos posmodernos, pues abrazan el relativismo cuando lo ven conveniente -opinando sobre historia de España por ejemplo o negando evidencias científicas-. Lo posmoderno y lo premoderno se dan la mano a veces.

Vaticinaría que es un partido que pronto encontrará su techo. Habla para los que se creen ricos y es negacionista, tanto de la injusticia social, de la violencia de género o del cambio climático. Además, su discurso nunca va a tener calado en Cataluña o País Vasco, por lo que ya renuncia a priori a varios millones de votantes. Eso sí, su capacidad para influir en las políticas de otros partidos que sí gobiernan, como el PP, es evidente, y ya lo estamos viendo en Andalucía (sin ir más lejos, el nuevo borrador de educación).

7. Dedicas un apartado bastante crítico a la izquierda, en el que llegas a hablar de la aparición de una “izquierda conservadora”. Explícanos que consecuencias ha tenido la irrupción en nuestras sociedades de ese “nuevo puritanismo” del que hablas.

El conservadurismo no es una novedad en la izquierda y cuando, por ejemplo, se difundían los textos de W. Reich en los años sesenta en los que reclamaba el papel liberador del orgasmo, a los partidos comunistas no les gustaba un pelo porque preferían jóvenes puritanos entregados a la revolución. Eso sí, el conservadurismo ha mutado. Si antes se basaba en la represión del deseo, esta hoy se combina con la necesidad de exhibición. Pues a partir, especialmente de los setenta, la psicologización extrema desplegada por el neoliberalismo ha colonizado nuestro mundo interior y nuestras conductas, pues ahora todos los problemas sociales se refieren no a problemas estructurales y de organización social, sino a actitudes personales que además hay que mostrar. Así, en ese contexto que no se libera de dicha lógica exhibidora, persiste y se refuerza ese voluntarismo típico que izquierdas que confía en que cambiando las actitudes se cambia el sistema. Eso se traduce en un estricto código de conductas (vestimenta, lenguajes, gestos, dieta …) que establecen todo un sistema de reglas a cumplir para poder moverte en determinados ámbitos. Es posible que por eso, a muchos chavales les cautive el discurso de Vox, pues estos presentan una liberación de lo políticamente correcto que perciben como rompedor frente a la actitud de superioridad moral que ven en la izquierda. Una liberación, eso sí, por la vía de la barbarie.

 

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