De toda la vida es sabido que construir cansa demasiado. Es muchísimo más rentable criticar sin criterio, destruir y gobernar a golpe de impulsos feudales. Ahora, por fin desatados y en perfecta sintonía con los sospechosos habituales del capital, los adalides del «sentido común» se han quitado la careta.
Su nuevo lema institucional bien podría ser: «Arriba el hormigón, abajo la inteligencia». Al fin y al cabo, cumplir los principios ambientales es una cosa peligrosamente progre; es mucho mejor bajarse los pantalones ante el negacionismo rancio.
Ya lo decía el ilustre líder desde su cortijo central: «Seremos fachas, pero sabemos gestionar». Spoiler: ni saben, ni pueden. Su concepto de «gestión» consiste en saquear lo público para financiar los caprichos privados de los amigotes de la pulserita y la corbata con la bandera patria.
Ante la evidente destrucción de nuestros entornos naturales, cualquiera pensaría que la solución es plantar árboles o cuidar el verde que queda. Qué falta de imaginación. Lo moderno, lo verdaderamente innovador, es destruir la naturaleza y sustituirla por «ingeniería de vanguardia».
Como diseñar un plan real requiere luces, han optado por lo más sencillo: manipular conceptos que ya funcionan para crear su propio esperpento.
Bienvenidos al nuevo «refugio cofrade» en el cerro de la iglesia. Un sesudo proyecto bendecido por la Comisión del Sindicato del Olvido, quienes se reunieron a contrarreloj (probablemente una vez a la semana, entre café y café) para parir esta joya urbanística. Dicen las malas lenguas que la concejala tuvo dudas. Menos mal que al final se impuso la cordura institucional. Ja, je, ji, jo, ju. Qué alivio.
El éxito de su campaña de marketing es innegable. Nada grita más «sostenibilidad» que pagar con dinero público a influencers para que se hagan fotos en el nuevo mirador de la muralla. Y agárrense, porque el futuro ya está aquí: pronto disfrutaremos de un vanguardista paso de metacrilato presidido por San Hormigón (patrón oficial de las cabezas huecas), ideal para que desfile la comitiva rindiendo pleitesía al clero local.
Pero la revolución verde no se detiene. Próximamente transformarán la plaza de toros en el «Refugio Climático Manuel Benítez». Un espacio tan ecológico que incluirá una gasolinera (siempre que deje propina), cemento a mansalva, contenedores soterrados y un restaurante sostenible en Los Cabezos, financiado, cómo no, por el bolsillo de todos.
Es un orgullo ver cómo los vecinos pagan impuestos al nivel de los municipios más ricos de la provincia, mientras disfrutan de unos servicios dignos del furgón de cola.
Para rematar la jugada, no olvidemos el dineral entregado a dedo para «dinamizar» el museo. Una experiencia revolucionaria basada en pegar códigos QR y vender merchandising rancio a precios «populares».
En fin, disfruten de lo votado, del cambio prometido y de esta moderación de hormigón y pulsera. ¡Ole!
Un texto libre de Quercus populus







