¿Quién no ha leído alguna vez a Carlos Fisas? Sus Historias de la Historia provocan la sonrisa irónica de sesudos historiadores que consideran su obra como libritos de pseudohistoria para entretenimiento del vulgo. Sin embargo, también traen hasta nosotros las anécdotas que, aunque no influyeron en los procesos históricos, sí pueden revelar datos significativos sobre sus protagonistas o sobre los sucesos en que se vieron envueltos.
Cuando leí en un periódico local de Palma del Río que la casa-cilla se iba a rehabilitar, a convertir en Oficina de Turismo y a poner como ejemplo del Patrimonio Arquitectónico Palmeño recuperado, no pude por menos de sonreír al imaginar cuál fue la verdadera causa de que la casa-cilla se encuentre en pie. Se trata de una de esas “Historias de la Historia”, de una de esas anécdotas que suelen desconocerse y que, si merece verdaderamente la pena, como es el caso, es una lástima no revelarla al profano. Porque la casa-cilla no fue salvada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, ni por el Diputado de Cultura, ni por la Concejalía de Cultura, es decir, por aquellos que se supone han de proteger el Patrimonio. En realidad todos ellos querían tirarla. Pero ahí está. En pie.

Pero vayamos por partes. La casa-cilla es un edificio situado en la Plaza de Andalucía de Palma del Río. Se trata de la que fue la antigua Plaza Mayor durante la Época Moderna y el nombre le viene de haber sido utilizado como almacén de granos. Hoy por hoy, y exceptuando las siete joyas arquitectónicas palmeñas (a saber, el Palacio Portocarrero, la muralla, el Hospital de San Sebastián, la Parroquia de la Asunción y los conventos de Santo Domingo, San Francisco y Santa Clara), se trata de una de las fachadas más bonitas que existen en la localidad (había más, pero han ido destruyéndose progresivamente ante la apatía municipal), durante décadas escondida tras sucesivas capas de mortero y cal. Cuando en Palma se pone en marcha el Plan Especial de Protección del Conjunto Histórico (PEPCH), se decide (con un criterio un tanto “alegre”) que lo que verdaderamente importaba es “que se viese despejada” la muralla y, en consecuencia, la casa-cilla estorbaba. De nada sirvió que se alzaran las voces de asociaciones para la defensa del patrimonio, el Cronista Oficial, los propios asesores históricos del PEPCH o el Sursum corda. Se tira, se tira y se tira, decían, la infausta casa.
Pero he aquí, se cuenta, que un día se encontraban parados a la puerta de las Casas Consistoriales el por entonces Alcalde de Palma del Río, Salvador Blanco, y el Excelentísimo Señor Duque de Segorbe, el cual, informado del triste destino de la mencionada edificación histórica, indicó al Primer Edil el error que supondría su desaparición y el estado tan lamentable en que quedaría la percepción visual de lo que en su día fuera una Plaza Mayor y le informó de la lógica de conservar la edificación. Prestó oídos el Alcalde a opinión tan autorizada, y es que un duque viste mucho más que una Asociación de Defensa del Patrimonio, ande va a parar, y más si la asociación se llama Saxoferreo, que sólo falta cambiar una “e” por la “a” para andar jodiendo. Y, en todo caso, de todos es sabido el apasionamiento del duque por el Patrimonio y los comentarios tan acertados que suele hacer al respecto, como aquel que pone Antonio Burgos en su boca sobre que “lo más peligroso en asuntos de conservación de monumentos es una monja con dinero” (a lo que Burgos añade que más peligroso aún es un Ayuntamiento con dineros y mal gusto). Puso el duque como ejemplo en aquella conversación, según Burgos, el convento sevillano de San Leandro, donde la pujante venta de las famosas yemas del mismo nombre sirvió a las monjitas para cambiar por losetas de porcelanosa las hermosas y antiguas losas de barro cocido (algo parecido a lo ocurrido en San Francisco de Palma, por cierto).

Suponemos que, ante la casa cilla, los argumentos del duque debieron ser de parecido discernimiento e hicieron reflexionar al edil. Quién sabe si no le mencionaría lo ridículo de que un pueblo se comporte en plan “nuevo rico” con su Patrimonio, cual nieto “moderno” que hereda y cambia los muebles de la abuela de toda la vida por espantajos de formica y metacrilato amarillo fosforito. El caso, señores, es que nunca más volvió a oírse hablar de tirar la casa-cilla y allí siguió varios años más, mal que bien, con su techumbre casi hundida, sus goteras y sus desconchones hasta que el por entonces Delegado Provincial de Cultura, Joaquín Dobládez, afirmó que la casa-cilla se integraría en el conjunto patrimonial de la ciudad. Cosa que ocurrió, como ya sabemos.
Y ¿a quién hay que darle las gracias? ¿A la Delegación Provincial de Cultura? ¿a la Diputación de Cultura? ¿a la Concejalía de Cultura? ¿a todos los que, con nuestro dinero, se comportan como el nieto moderno o como nuevos ricos con nuestro Patrimonio? ¿a las asociaciones, cronistas, historiadores y vecinos, cuya opinión importó un bledo? No, señores, las gracias hay que darlas, y muy efusivamente, al señor Duque de Segorbe por haber pasado por allí y haber tenido unas palabritas con el Alcalde. Queda la duda de si, en asuntos de patrimonio, no habría merecido la pena eliminar las susodichas delegación, diputación, concejalía, arqueólogo provincial… y encargar el Patrimonio al Duque de Segorbe… Anda que no se hubiese ahorrado en sueldos y en disgustos…
Un artículo de Rosa Mª García Naranjo







